Ignacio Martín-Baró: Invitaciones para seguir imaginando el presente

Por María Lucía Rapacci Gómez
Pontificia Universidad Javeriana

Urge hacer pensable lo impensable, presente lo ausente
ir más allá de nuestra capacidad de visión,
para enriquecer nuestro horizonte de visibilidad.

Ernst Bloch

La propuesta desarrollada por Ignacio Martín-Baró nos invita a “ir mas allá de nuestra capacidad de visión”, para lo cual resulta imprescindible la continua y necesaria observación y análisis de las teorías, métodos y prácticas que han configurado el saber y el hacer de la psicología, teniendo como lente el reconocimiento de los valores, los prejuicios y las posiciones que en algunas ocasiones han marcado su devenir, para trascender y responder a un imperativo ético, cuyo postulado es el respeto por el otro y en particular por los sectores de la sociedad más desfavorecidos sin distingos de ninguna especie.

Los desafíos que se derivan de estos postulados hacen referencia a tomar como punto de partida del ejercicio profesional la propia realidad del contexto cotidiano, privilegiando la comprensión de esta como eje de la actividad científica. De esta manera se atienden las relaciones que vinculan entre sí la estructura social con la estructura psicológica y viceversa. En este sentido, se concibe el ser humano como agente responsable de su propio destino y de los procesos sociales en los que participa, teniendo en cuenta los condicionantes sociales e históricos que lo constituyen y la definición de la acción humana como “la puesta en ejecución de un sentido”, se convierten en los pilares a partir de los cuales se configura lo que se ha llamado la Psicología Social desde Centroamérica o Psicología de la Liberación (Martín-Baró, 1983).

ucaEsta postura supone conocer nuestra historia, profundizar en las prácticas y  en las condiciones económicas, políticas, culturales y psicosociales  que producen, tanto las realidades que vivimos, como la configuración  de las variadas formas de subjetividad  de quienes habitan los territorios de los países latinoamericanos. Al reiterar  que  la  especificidad del objeto de la ciencias sociales proviene  fundamentalmente  de la historicidad del ser humano, las verdades en el marco de sus planteamientos teóricos, son verdades  históricas y “situadas”.

Sus planteamientos de igual manera  implican reconocer el peso de los intereses y del poder en la teorías psicológicas y en la determinación de los campos y problemas a intervenir, argumento que nos conduce a desarrollar una psicología atravesada por los contextos, conocimientos e intereses para que contribuya a la transformación de las condiciones de vida de los más pobres, de los excluidos.

Por consiguiente, una psicología que reconoce y está comprometida con las luchas sociales de los pueblos que buscan liberarse de un sistema social explotador y opresivo, nos invita a establecer diálogos reflexivos con los movimientos populares y procesos organizativos, en donde las bases teóricas que orientan la misma práctica profesional liberadora se van produciendo a partir de contextos de emergencia, quedando más cerca de una psicología de la praxis latinoamericana.

La psicología social, por lo tanto, debe producir un conocimiento interesado en favorecer la transformación de las condiciones espacio-temporales que condicionan los asuntos humanos y reconocer las implicaciones morales, sociales y políticas de la actividad profesional. La tarea de la psicología social  propuesta desde Ignacio Martin Baró, consiste en desenmascarar el papel legitimador del sistema, por cuanto la razón de la ciencia es la verdad histórica frente a un sistema social jerárquico y excluyente; y en ese contexto, el conocimiento psicológico tiene una potencia comprensiva y puede ser un conocimiento útil a las mayorías excluidas

La ideología aparece como uno de los objetos centrales de estudio de la disciplina, en tanto es deber de  “una ciencia social crítica hacer a los seres humanos más conscientes de sus propias realidades, más críticos de sus posibilidades y alternativas, más confiados en su potencial creador e innovador, más activos en la transformación de sus propias vidas. En una palabra, más autorrealizados como tales” (Martín-Baró, 1983b, p. 44).

Si la producción de conocimiento científico es siempre una tarea acumulativa de reflexión crítica, la obra de Ignacio Martín-Baró nos invita a continuar nutriendo una forma de pensar que dirige la reflexión hacia la creación de una perspectiva que haga a los científicos “sensibles” a las problemáticas de nuestros pueblos, teniendo como pauta el sentido de la vida humana. Su llamado es a vincularnos con los problemas propios de la realidad de las mayorías, con un compromiso político transformador y con mayores posibilidades concientizadoras, reconociendo que: “se trata, de poner el saber científico al servicio de la construcción de una sociedad donde el bienestar de unos pocos no se asiente sobre el malestar de las mayorías, donde la realización de los unos no requiera la negación de los otros, donde el interés de los pocos no exija la deshumanización de todos” (Martín-Baró, 1989a, p. 5).

Trabajar en el desarrollo de estos aspectos anteriormente mencionados implica ubicarnos desde una perspectiva psico-social, la cual Martín–Baró  caracterizó desde dos dimensiones: la realización de un examen crítico  a la psicología como tal y la exigencia  de asumir una postura ética que nace de la indignación ante las injusticias en  nuestras sociedades y  los horrores de la guerra.

Se trata entonces de cuestionar las posturas neutrales del científico, instalando la sospecha sobre la retórica de conceptos universales que  como  civilización, paz, desarrollo, progreso, democracia, encierran de manera paradójica la justificación para prácticas  relacionadas con la barbarie,  la  guerra, la pobreza, la explotación, el sometimiento. (Mignolo, 2008, p. 41-57).

El reconocimiento de la realidad social vinculada a las prácticas humanas, y de la psicología  como parte de este ciclo de producción, advierte para los científicos sociales consecuencias de orden político que merecen nuestra atención reflexiva en términos de complejizar la responsabilidad que se adquiere como intelectuales al interrogar permanentemente los conocimientos producidos, para saber cuáles son las formas sociales que contribuye a subvertir o a reforzar y para saber cuáles son los intereses a los que está sirviendo. Se trata entonces de discutir  el papel que las relaciones sociales desempeñan en la producción de conocimiento, así como los  criterios práctico-normativos que dirigen y orientan la empresa científica, como una práctica públicamente reconocida y en una compleja institución socioeconómica de la que depende la estabilidad y el futuro de la sociedad.

Mártires de la UCA. Línea superior, de izq. a der.: Ignacio Ellacuría, Ignacio Martín-Baró, Segundo Montes y Amando López. Segunda línea, en el mismo orden: Juan Ramón Moreno, Joaquín López y López, Elba Ramos y Celina Ramos.

Mártires de la UCA. Línea superior, de izq. a der.: Ignacio Ellacuría, Ignacio Martín-Baró, Segundo Montes y Amando López. Segunda línea, en el mismo orden: Juan Ramón Moreno, Joaquín López y López, Elba Ramos y Celina Ramos.

Han transcurrido 25 años desde el asesinato de los y las mártires de El Salvador (6 jesuitas y dos mujeres colaboradoras de los  mismos). Su legado nos acompaña en estos tránsitos de la guerra a la paz, recordándonos el imperativo del compromiso social de la psicología y el reto pemanente de construir condiciones más justas que sumen a la transformacion de la sociedad latinoamericana, aunando esfuerzos en direccion a  proponer caminos más humanos de solución, imaginando salidas más integrales para el restablecimiento de los derechos y la generación de conciencia frente a la construcción de la paz.

Es necesario involucrarnos en una nueva praxis, una actividad transformadora de la realidad que nos permita conocerla no sólo en lo que es, sino en lo que no es”, escribió Ignacio Martin Baro en su artículo Hacia una Psicología de la Liberación (Martín-Baró, 1998, p. 299). Invitaciones vigentes para seguir honrando de manera especial sus historias de resistencia y de paz,  haciendo eco a sus propuestas de reconocernos en los avances y desafios de los nuevos tiempos, para reescribir lo que somos y estamos en capacidad de ser como sociedad.

imbBibliografia

Martín-Baró, I. (1983). Acción e ideología. Psicología social desde Centroamérica. San Salvador: UCA.

Martín-Baró, I. (1983b). La encuesta de opinión pública como instrumento desideologizador. Cuadernos de Psicología 7, 93-109.

Martín-Baró, I. (1989a). Sistema, grupo y poder. Psicología social desde Centroamérica II. San Salvador: UCA.

Mignolo, W.  (2008) Hermenéutica de la democracia: el pensamiento de los límites y la diferencia   colonial. En: Tábula Rasa, 9, 41-57.

Ignacio Martín-Baró y su pasión por la realidad

Contribución especial para el blog RIPeHP de Amalio Blanco Abarca – Universidad Autónoma de Madrid.

Hay un acuerdo generalizado entre los historiadores del pensamiento social en cifrar el nacimiento de las ciencias sociales en la confluencia de la crisis del individualismo, que se venía gestando desde la publicación de la Crítica de la razón pura, con acontecimientos como la revolución francesa y la posterior revolución industrial, capaces de sacudir sin contemplaciones los cimientos de las sociedades occidentales, firmemente asentados desde el Medioevo tardío sobre la creencia en la naturaleza insondable e inmutable del orden social, en la herencia divina del poder político, sobre todo de la Monarquía, en la supremacía de la persona sobre cualquiera de las formas que adquiere la vida social y en la consideración del ser humano como una “criatura divina”.

Edición en inglés de los trabajos de Martín-Baró.

Comte, Marx, Durkheim y Weber empezaron la demolición de un edificio con pies de barro levantado sobre el sometimiento de las masas a la ignorancia, el fanatismo religioso y la violenta represión con la que se empeñó el poder político en mantener, en estrecha connivencia con el poder religioso, un orden social injusto y devastador contra los derechos más elementales del pueblo sencillo, de las mayorías populares, como diría el propio Martín-Baró. Aquellos clásicos del pensamiento social realizaron su trabajo crítico desde posiciones ideológicas y posturas teóricas claramente divergentes, pero convergiendo en algunos supuestos que resultarían capitales para el futuro de las ciencias sociales: a) su innegociable convicción de la naturaleza construida del orden y la estructura social; b) su honda preocupación y desasosiego por las devastadoras consecuencias que algunos de sus aspectos (los cambios en el modelo de producción en concreto) estaban acarreando para millones de personas; c) su decidida apuesta por tomarse en serio el estudio de los hechos sociales –la pasión por la realidad- y por aproximarse a ellos con herramientas teóricas y metodológicas ajenas al dogmatismo religioso; d) su postura crítica respecto a aquellas formas y modalidades de lo social, tanto su dimensión de acontecimiento colectivo como de acción –en el sentido weberiano- interpersonal, que llenan el mundo de víctimas; y e) su compromiso con el cambio. No es posible entender la ciencia social en general, la Psicología en particular y mucho menos la Psicología social, al margen de estos supuestos. Cuando se ha intentado prescindir de ellos, hemos vuelto a la huera especulación retórica, a un dogmatismo metodológico parejo con el más rancio fanatismo religioso, a confundir la realidad con lo que pensamos de ella, a prescindir de las víctimas haciendo el juego a un sistema que las produce en cantidades cada vez más alarmantes.

Apuntes de Martín-Baró para uno de sus ensayos. Imagen cortesía de Amalio Blanco Abarca.

Sin embargo, y como su mismo nombre indica, el realismo crítico de Ignacio Martín-Baró bebe y se inspira de manera decidida en estas fuentes. Lo hace de manera directa (sus referencias a Marx y a Durkheim, por ejemplo, son constantes) y  mediatizado por la influencia de la teoría crítica de la Escuela de Frankfurt, de la teoría socio-histórica de Vygotski (tan presente, por ejemplo, en sus decisivas aportaciones al estudio de la violencia, del fatalismo y de la salud mental) o, de manera mucho más evidente, por la teología de la liberación. Siguiendo su huella, es posible trazar una nítida línea de continuidad que transita a lo largo de casi doscientos años caracterizada por algunas propuestas que merece la pena volver a recordar. Como en el caso de los “titanes del periodo 1830-1900”, en expresión de Robert Nisbet, la realidad se convierte para Martín-Baró en principio epistemológico (“la principal fuente de luz –había escrito Ellacuría-  es la realidad”) al ser el punto de partida y de llegada del quehacer de la Psicología como ciencia y como profesión. No son las teorías las que han de definir los problemas (idealismo metodológico); son éstos los que deben guiar la teorización. No es la “ortodoxia”, la fidelidad a una teoría, la que debe estar al frente de la intervención, sino la acción.

Es por eso que la Psicología de la liberación “no es una tarea simplemente teórica, sino

Ignacio Martín-Baró: 1942-1989.

primero y fundamentalmente una tarea práctica” que tiene como objetivo el cambio de aquellas condiciones que condenan a la pobreza, a la desigualdad, a la exclusión y a la violencia a grandes capas de la población con la excusa de la voluntad de algún Dios, de los imperativos del sistema, de las necesidades del proceso productivo, de la seguridad nacional, de la lucha contra los enemigos de la patria, etc. Todas ellas son excusas (“mentiras institucionalizadas”, reitera Martín-Baró) para seguir manteniendo y justificando la existencia de un orden social que mantienen oprimidas, marginadas, explotadas y heridas a grandes capas de la población. Frente a esa realidad no caben medias tintas, ni estudiadas posturas de asepsia porque “resulta absurdo y aun  aberrante pedir imparcialidad a quienes estudian la drogadicción, el abuso infantil o la tortura”. No es posible la asepsia porque hay una conexión entre el Yo y el mundo, entre la biografía personal y la historia social; hay una continuidad entre condiciones sociales, experiencias psicológicas y estructuras cognitivas, de modo que, por ejemplo el fatalismo, más que un rasgo psicológico, es, según el análisis de Martín-Baró, la aceptación resignada de la dominación social. En la misma línea de pensamiento, la patología personal “no es ajena a la historia ni a la sociedad”, de suerte que, en muchos casos, lo que ocurre con y en el individuo, lo que piensa, lo que siente y lo que hace, “no se encuentra sino en la colectividad” o en la “dialéctica de las relaciones interpersonales”.

Cuando se ignora la realidad de las estructuras sociales reduciéndolas a mera retórica interpretativa personal terminamos por reforzar las estructuras existentes con sus injusticias, sus desigualdades, su violencia brutal contra “los miserables y los desheredados”. Esa realidad como principio epistemológico tiene tres características primordiales: a) es, en primer lugar, una realidad “real” que se sitúa fuera de la mente de las personas: “en Centroamérica, la mayor parte del pueblo nunca ha tenido satisfechas sus necesidades más básicas de alimentación, vivienda, salud y educación”; b) es una realidad victimaria, una realidad “pletórica de vida, pero una vida preñada de muerte”, y c) es una realidad que se impone de manera avasalladora, “una realidad social, externa y objetiva antes de convertirse en una actitud personal, interna y subjetiva” (el fatalismo). En el intento por desenmascararla, por poner al descubierto las falacias que la justificaban, por denunciar las mentiras que la perpetuaban y por señalar las víctimas que se cobraba, aquel vallisoletano de nacimiento y salvadoreño de corazón que fue Ignacio Martín-Baró  firmó su sentencia de muerte.

Monumento erigido por el ayuntamiento de Valladolid en memoria de los sacerdotes Segundo Montes e Ignacio Martín-Baró, asesinados el 16 de noviembre de 1989 en El Salvador.