Michel Foucault y la historia de la psiquiatría

Por Rafael Huertas

CSIC – España

1961A partir de la década de los sesenta del siglo XX, la locura adquirió en determinados medios académicos un interés sin precedentes. En 1961 aparecieron casi simultáneamente la Histoire de la folie à l’âge classique de Michel Foucault,  Asylums del sociólogo Erwing Goffman, y The Myth of Mental Illness del psiquiatra Thomas Szasz. Son obras fundamentales porque supusieron un verdadero revulsivo intelectual, al introducir aspectos críticos y discursivos hasta entonces impensables, y porque incorporaban elementos de análisis novedosos para la historiografía y para la sociología tradicionales: la locura y el loco comenzaron a ser analizados no como problemas sociales que obstaculizan una integración social armoniosa, sino como construcciones intelectuales que expresan una relación de poder y justifican la existencia de un espacio (el espacio asilar) en el que aplicar dicho poder.

Pienso que la obra de Goffman –quizá no tanto la de Szasz-, y de manera particular su foucaultformulación del concepto de “institución total”, ejerció una notable influencia en trabajos históricos ulteriores. En cuanto a la Histoire de la folie à l’âge classique, merece la pena recordar que había sido la tesis de doctorado en Filosofía de su autor y que, al tratarse de un texto muy académico y de lectura no demasiado fácil,  tuvo, al menos en un principio, una acogida más bien discreta. El papel desempeñado por la versión inglesa, más reducida y accesible, publicada en 1967 con el título Madness and Civilization, en una colección dirigida por Ronald Laing y con prólogo de David Cooper, fue fundamental en la enorme difusión e influencia posterior. Una aceptación propiciada, como se ve, al menos en parte, por el interés que la obra de Foucault suscitó entre el movimiento antipsiquiátrico. Recordemos, asimismo, que Franco Basaglia llegó a Gorizia también en 1961, dispuesto a “negar la institución” y poniendo en marcha, desde ese año hasta 1972, una reforma asistencial de gran trascendencia, que entronca directamente con el llamado movimiento de “psiquiatría democrática”, y que en buena medida inspira también una historia del manicomio desde el punto de vista del control social, pero marcando el acento en el análisis político de sus contenidos.

V&CLa metáfora de la locura será, muy pronto, utilizada y trasladada a otros ámbitos y a otros sujetos históricos, con la intención de describir y analizar las estrategias de coacción y de poder en el corazón de la reproducción social, estrategias puestas en marcha por las élites y dirigidas esencialmente a las clases dominadas. No debemos olvidar, en este sentido, que aunque la obra de Foucault ha tenido y tiene una innegable importancia en la historia de la psiquiatría y la psicología, su interés último no es el manicomio o la locura en sí misma, sino algo más genérico: el poder de normalización. Al igual que lo que ocurre con los estudios sobre las prisiones, inaugurados por Surveiller et Punir (1975), es la disciplina social, y no tanto la cárcel o el manicomio, el hospicio o la escuela, lo que merece la atención final de sus investigaciones, por más que los estudios de caso puedan ser especialmente ilustrativos, y que la reflexión sobre la locura ofrezca de manera particular elementos específicos de muy especial trascendencia.

En este sentido, resulta evidente que buena parte de la historiografía desarrollada en las PouvoirPsychúltimas décadas sobre las teorías y las prácticas psiquiátricas, ha supuesto un acercamiento a las relaciones entre psiquiatría y poder que ha permitido reflexionar sobre el papel normalizador de la medicina mental en el microcosmos del manicomio. El estudio del dispositivo asistencial que Foucault propone en Le pouvoir psychiatrique (curso de 1973-74 en el Collège de France, cuyos contenidos no fueron publicados hasta 2003) permite superar en cierto modo las formas de representación de la locura propias de la Histoire de la folie à l’âge classique, para centrarnos en el modelo o modelos de “tratamiento”. Dicho de otro modo, las distintas formas de violencia (prohibiciones, represión, exclusión, coerción, etc.) como expresión de un poder irregular, inmediato e “improductivo”, se transforman en una serie de estrategias y maniobras regladas y meditadas (el tratamiento moral) que, además, generan  saberes y que, en definitiva, gestionan un régimen de “verdad”.

El llamado “orden psiquiátrico”, según la expresión de Robert Castel, implicaba entender el asilo para locos no tanto como un espacio de observación clínica y de producción de conocimiento científico, sino como el instrumento indispensable de una amplia estrategia de disciplinamiento y regulación social. Se propone así, un desplazamiento desde el saber hacia el poder; dicho de otro modo, Foucault y sus seguidores niegan el carácter “científico” de la institución para entenderla y analizarla como un espacio de vigilancia, disciplina y control social. Ni qué decir tiene que tal planteamiento suscitó un enorme interés y ejerció una notable influencia; no sólo en ámbitos académicos, sino también entre psiquiatras y psicólogos clínicos comprometidos y preocupados por la transformación de la asistencia manicomial.

Exif_JPEG_PICTURESin embargo, pese a la enorme importancia de este tipo de acercamientos, el modelo del “orden psiquiátrico” no conseguía responder satisfactoriamente a diversas cuestiones que paulatinamente se iban formulando. Ni el movimiento alienista constituyó un bloque monolítico, produciéndose en su seno debates científicos nacidos en muchas ocasiones de la realidad manicomial y que no siempre pueden leerse desde la perspectiva del orden, del poder o del control; ni los resultados obtenidos respondieron punto por punto a una estrategia perfectamente diseñada y ejecutada desde el poder (político). En Le désordre psychiatrique, Marcel Jaegger aludía a tales desajustes, insistiendo en las dificultades del sistema asistencial psiquiátrico francés para poner en marcha de manera efectiva determinados programas de intervención.

Hay vida después de Foucault

A este respecto, me parece imprescindible problematizar el éxito político del control social, pues en ocasiones la historiografía ha otorgado una importancia exagerada a las instituciones asistenciales, sanitarias, penitenciarias o educativas puestas en marcha durante la segunda mitad del siglo XIX y primeras décadas del XX, asignándoles una capacidad desmedida para reordenar la sociedad. Existen evidentes desfases entre la teoría y la práctica y, en el marco de la investigación histórica, la lectura crédula de los documentos y de los discursos de las élites puede conducir a conclusiones abarcadoras, lineales y escasamente dialécticas que no consideren las dificultades estructurales o las resistencias con las que las estrategias de control social  pudieron encontrarse a la hora de ser llevadas a la práctica. Resultan necesarios, en este sentido, estudios locales y comparados, que diferencien adecuadamente los contextos geográficos, socio-políticos y económicos y que valoren las razones del triunfo o del fracaso de los susodichos dispositivos de regulación social.

foucault1En íntima relación con lo anterior, si discutimos el papel o la capacidad de las élites debemos tener también en cuenta el pensamiento subalterno. Desde las aportaciones de Gramsci sobre la hegemonía y la subalternidad o las propuestas de Foucault acerca del biopoder, hasta los estudios feministas y postcoloniales más recientes, han tomado en consideración la cuestión del poder. En dichas elaboraciones se ha puesto en evidencia cómo el discurso hegemónico tiene una capacidad importante para lograr el consentimiento de los adversarios sociales, y cómo esa capacidad está constituida por elementos represivos y productivos. Pero la elaboración gramsciana de subalternidad hace referencia también a aquellos grupos que con formas y grados variables negocian el grado de adhesión a los discursos y praxis hegemónicos. Desde este marco conceptual resulta indispensable descentrar el lugar de enunciación. Es decir, valorar no sólo lo expresado por el experto, por el psiquiatra en este caso (que forma parte del discurso hegemónico), sino lo manifestado por el conocimiento y las experiencias de los grupos subalternos considerados no-expertos: mujeres, obreros, colonizados, enfermos, etc. Resistencias, negociaciones, “contrapoderes”, que es necesario tener en cuenta y que, en nuestro ámbito, nos introducen en una historia que tenga en cuenta el punto de vista de las personas etiquetadas con un diagnóstico psiquiátrico.

Perder-rostroEse-confeso-palabras-cosas_CLAIMA20121103_0026_14Se trata de novedades, con seguridad podríamos plantear otras, que en el fondo siguen la estela de Foucault pero intentan, como no podría ser de otro modo, ampliar perspectivas y hacerse nuevas preguntas, incorporando y dialogando con otras tradiciones académicas. No tiene ningún sentido aplicar una cartilla o catecismo foucaultiano rígido a las fuentes históricas de turno.

Ya en los años setenta, Gladys Swain, sin llegar a cuestionar abiertamente las tesis foucaultianas, manifestó puntos de vista diferentes. Donde Foucault detectó exclusión y sometimiento a una serie de prácticas proto-totalitarias, esta autora vio, tal como explica en Le sujet de la folie (1977), reconocimiento e “inclusión” de los locos en la incipiente sociedad democrática; posiciones contrarias que, si profundizamos, no resultan tan excluyentes como cabría suponer. Posteriormente, destacados e influyentes autores en el ámbito de la historia de la psiquiatría han reconocido su deuda con Foucault. Citaré un par de ejemplos que me parecen suficientemente significativos. Jan Goldstein, en Console and Classify (1987), toma el concepto de “poder disciplinario” como uno de los ejes teóricos de su discurso, mientras que en The Post-Revolutionary Self (2005), recurre más al último Foucault, en el que el concepto clave sería el de las “tecnologías del yo”. En el primer caso, el impresionante trabajo heurístico de Goldstein, con un amplio manejo de fuentes primarias y un concienzudo trabajo de archivo, viene a avalar y a apoyar documentalmente las tesis foucaultianas en torno al papel del primer alienismo francés como estructura de saber-poder en el marco del establecimiento del estado liberal; en el segundo, Goldstein polemiza con Foucault al otorgar una especial relevancia a las teorías filosóficas de la mente y a la importancia del espiritualismo psicológico entre la élites francesas del siglo XIX. Por su parte, las reflexiones del filósofo de la ciencia Ian Hacking en torno a la elaboración cultural de la “enfermedad mental” –puestas de manifiesto en obras como Rewriting the Soul. Multiple Personality and Sciences of Memory (1995) o Mad Travelers (1998)- tienen que ver con su interés en aspectos como la causalidad, el nominalismo, las clasificaciones o la elaboración de conceptos, la manera de nombrarlos y sus consecuencias sobre las personas. En este sentido, resulta evidente su conexión con el Foucault de Les mots et les choses (1966) y con Goffman –y la escuela sociológica de Chicago-, dos autores fundamentales y ya clásicos en la historiografía crítica de la psiquiatría.

michel foucaultEn suma, podemos afirmar que en el ámbito de la historia de la psiquiatría, e independientemente del acuerdo o desacuerdo que susciten sus argumentos, no puede negarse que hay un antes y un después de Foucault y que resulta imposible una reflexión historiográfica seria de la locura o de la psiquiatría en la que no se le tome en consideración. Sin embargo, como ya he apuntado, no se trata de seguir acríticamente sus esquemas hermenéuticos, sino de repensar sus planteamientos, detectando sus posibles debilidades, aprovechando sus fortalezas y actualizando y complementando su discurso con nuevos enfoques. Sin desmerecer, en absoluto, las aportaciones de los enfoques genealógicos más tradicionales, conviene, por un lado, revisar el papel omnímodo otorgado a los profesionales del control social en el proceso de constitución del estado liberal, mediante objeciones constructivas que incorporen otros elementos de análisis y estimulen el debate científico. Por otro lado conviene también, abrir nuevas vías de investigación que sigan abordando los elementos sociales y culturales de la locura, pero que incorporen la perspectiva del paciente y de los individuos y que tengan en cuenta elementos psicológicos y filosóficos que nos permitan ir construyendo, a la larga, una historia cultural de la subjetividad. Pienso que este es uno de los mejores tributos que los historiadores de la psiquiatría y de la psicología podemos rendir a Michel Foucault y a su obra, y tengo también la impresión de que, felizmente, este tipo de enfoques y preocupaciones aparece en la producción científica y en la agenda de  investigación de buena parte de los historiadores de la psicología y de la psiquiatría iberoamericanos.

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