Biopolítica y bioética

Por Cristina Solange Donda

Universidad Nacional de Córdoba, Argentina.

El filósofo francés Michel Foucault (1926-1984) detalla el origen de los movimientos que cuestionan la medicina moderna, a partir del largo proceso de medicalización de la sociedad. En orden a los estudios genealógicos de la ética, Foucault es el primer pensador que muestra la elaboración del modo de existencia del individuo contemporáneo libre de los “grandes relatos” y de los movimientos de masas que han marcado el siglo XX, dirigido a valorar su existencia a través de la invención del arte de vivir y del estilo de vida.

La ética en tanto relación del sujeto consigo mismo será definida por Foucault como la forma reflexiva que adopta la libertad -y ésta, la condición ontológica de aquella relación-; se trata de una práctica subjetivadora. La ética y, por tanto, la relación del sujeto consigo mismo, está emparentada con una forma de pensamiento crítico, una forma de pensar y de sentir que se pregunta por nuestra relación con la actualidad; que se pregunta por ese “nosotros” que pertenece a una actualidad a la que se le formula la pregunta. foucault-el genealogista
Los análisis del poder en términos de relaciones de poder y sus múltiples formas de asimetría, las transformaciones de las relaciones entre el poder y el saber, el poder y la verdad dominan las problematizaciones contemporáneas alrededor del “riesgo”, el cuerpo y la enfermedad. Esta posibilidad analítica que ofrece Foucault contribuye, en este aspecto, a la problematización de la bioética en tanto permite afirmar que, como espacio disciplinar de la ética filosófica, tiene una apuesta ineludible: si le es propia la actividad crítica del pensamiento, ha de emprender la tarea de deslegitimar lo que ya se sabe a fin de considerar la posibilidad de pensar de un modo diferente del que se piensa. Esto es, ha de tomarse en serio la tarea de someter lo “normal” a la prueba de “lo actual”. No se trata de constituir un discurso a través del cual se represente la totalidad del mundo, sino más bien ejercer una cierta actividad diagnóstica sobre el presente: ¿Qué somos nosotros hoy en esta actualidad que nos hace ser lo que somos? ¿Qué nos hacemos a nosotros mismos? ¿Qué les hacemos a los otros? ¿Cuáles formas de conocimiento, modalidades de poder y formas de subjetividad determinan al sujeto ético?
Uno de los dominios privilegiados de Foucault es la Medicina y él es uno de los pensadores que ha contribuido de manera decisiva a la crítica de la epistemología del saber médico. foucaultEl nacimiento de la clínica se interroga por el nacimiento de la Medicina Moderna y su elaboración como anátomopatología (Bichat) en referencia al espacio del cuerpo como espacio de la enfermedad y de la “verdad” de la enfermedad. Prontamente, Foucault se desplaza del saber médico al poder de la Medicina. Si a fines de la década del sesenta del siglo pasado la medicina se ubica en el espacio de la enfermedad, diez años más tarde la medicina se difunde por todo el “cuerpo social”. Foucault describe arqueológicamente su trayecto en función de dos temas: la crisis de la clínica y la emergencia del biopoder; es el primer pensador que comprendió el valor utópico y mítico de la clínica y su relación con la emergencia de un poder médico como la forma mayor de un poder sobre la vida. La clínica revela el mito de la “transparencia” del sujeto para la Medicina.

Desde este punto de vista, la medicina clínica es más un conjunto de relaciones entre prescripciones políticas, decisiones económicas, reglamentarias e institucionales que una relación entre descripciones analíticas y teóricas sobre la enfermedad.
El desplazamiento operado por Foucault desde una arqueología del saber médico a una genealogía del poder médico, no adquiere todo su sentido si ese saber-poder es sólo descripto a través del espacio disciplinario que define la medicina.
En este sentido, se trata de prestar atención a la función disciplinaria que va a ejercer la práctica médica, a través de la visibilidad de los cuerpos que ella misma produce gracias a las nuevas formas de saber que permiten determinar cuáles son los cuerpos útiles y dóciles y cuáles los enfermos y, por tanto, reactivos a la disciplina. Simultáneamente, la preponderancia otorgada a la patología deviene una forma general de relación de la sociedad. La Medicina no tiene en la actualidad un campo exterior a ella.
Los médicos y los biólogos trabajarán en el nivel de la vida misma y sus acontecimientos fundamentales. Por primera vez lo biológico se reflejaría en lo político: el hecho de vivir ya no es algo inaccesible que emerge de tiempo en tiempo; “pasa en parte al campo de control del saber y de intervención del poder”. (Foucault, 172, 2002)
El sujeto de la medicina y las prácticas asociadas a ella será la vida. Lo característico de la medicalización es precisamente la generalización del riesgo médico en los dominios no médicos. La medicalización de la vida y la sociedad, dice Le Blanc, es ahora obtenida por una extensión de la autoridad médica que pretende funcionar no sólo como autoridad de saber sino también como autoridad social a través de la vinculación de sus decisiones con cuestiones de medio ambiente, la alimentación, la higiene, etc.
Simultáneamente, el derecho a la vida, a la salud, al propio cuerpo, a la felicidad, a la satisfacción de las necesidades fue la exigencia política planteada a los nuevos procedimientos de poder.

En conjunción con lo anterior, la medicalización de la sociedad ha ganado terreno a partir del siglo XIX al punto que, en la actualidad, casi todas las prácticas relacionadas con la higiene personal, con el cuidado del cuerpo y su “moral” consecuente están siendo controladas y codificadas por la medicina de modo tal que asistimos a lo que podríamos llamar regulación médica del cuerpo.

Asistimos al ingreso de la vida en el campo de las tecnologías médicas de intervención en los procesos del ser humano en tanto ser viviente: la salud pasa a ocupar una función central normativa; se tiende a desterrar el sentido de la mortalidad; se afirma la intervención y control médicos a fin de garantizar la fuerza de trabajo; se lleva a cabo la alianza de la política de la salud con la tecnología y la industria sanitarias. Esta relación se afianza a través de una producción tecnológica tendiente al fomento del cuerpo sano en serie (lo que se ha dado en llamar “socialización del cuerpo”). La relación salud-higiene-moral se transforma en imperativo dominante a partir del cual se señala la subordinación de los individuos a los fines públicos y al mundo del trabajo y el ajuste de la población a procesos económicos. El cuerpo aparece como blanco de intervención política y sanitaria.

vesalio4Estas tecnologías de la vida buscan redefinir el futuro vital actuando en el presente vital. Algunas de esas acciones van desde la implantación selectiva de embriones hasta cambios en el estilo de vida, pasando por terapia génica y farmacoterapia preventiva. La predisposición y el riesgo aparecen como variables centrales. La idea de predisposición heredada adquirió prominencia en la segunda mitad del s. XIX cuando se volvió habitual interpretar todo problema de patología social y riesgo en términos de degeneración. Abrazada por el movimiento del eugenismo, la idea de la degeneración ocuparía un lugar central en la biopolítica de la primera mitad del siglo XX. La preocupación contemporánea respecto de la susceptibilidad genética reelabora creencias mucho más antiguas respecto de que las debilidades se heredaban como predisposiciones y se podían conjurar adoptando un estilo de vida moderado. El sociólogo británico Nikolas Rose extrae serias consecuencias de los análisis biopolíticos de Foucault y de las nuevas investigaciones que él realiza, en el sentido de que cada vez más los seres humanos se relacionan consigo mismos en cuanto individuos “somáticos”, es decir, como seres cuya individualidad se halla anclada, en parte al menos, en su existencia carnal, corporal, y que se experimentan, se expresan, juzgan y actúan sobre sí mismos, en parte, en el lenguaje de la biomedicina. Discursos oficiales sobre la promoción de la salud, relatos de la experiencia de la enfermedad y el sufrimiento en los medios masivos de comunicación, discursos populares sobre nutrición, ejercicio físico: todos muestran la necesidad de reconstrucción personal mediante una acción directa sobre el cuerpo en nombre de un buen estado que es a la vez corporal y psicológico. Esta somatización de la ética –como relación del sujeto consigo mismo- se extiende a la mente. (Rose, 65, 2012). Las nuevas ciencias del cerebro y el comportamiento forjan vínculos directos entre lo que hacemos -cómo nos conducimos- y lo que somos.

No me referiré a la marcha de la bioética desde su proclamación en los años setenta pero sí pondré énfasis en la necesidad de someterla a la prueba de una investigación crítica que pueda disponerse a responder, al menos, los siguientes interrogantes:
¿Qué formas de conocimiento especializado se atribuye la bioética con el fin de dar sustento a su autoridad? ¿Qué determina que ciertas cuestiones devengan “bioéticas”? Al tiempo que los especialistas en bioética vuelven una y otra vez a cuestiones puramente individuales como la autonomía, la confidencialidad y los derechos y protecciones en la medicina de alta tecnología, rara vez se preocupan, como dice Berlinguer (1086-1091, 2004), de las cuestiones éticas que plantea la depravación global y rutinaria de la enfermedad y la muerte prematura. ¿Por qué es el consentimiento informado en relación con la tecnología reproductiva una cuestión “bioética” y no lo es la tasa creciente de esterilidad femenina? ¿Por qué debería ser la “dignidad” de la persona al fin de su vida una cuestión bioética pero no el “dejar morir” en forma masiva a millones de niños menores de cinco años al año por causas evitables? La sola presencia de la enfermedad, la muerte, la tecnología médica y la toma de decisiones profesionales no exige de por sí, la intervención bioética. Entonces, junto con Rose, Berlinguer y otros, nos preguntamos qué pasa con la biopolítica de la vida en sí, en la forma que ha adoptado en ciertos tipos de sociedades, que da lugar a ámbitos en los cuales parece ser necesaria la autoridad bioética y su intervención crítica. (Rose, 5, 2002). Frente a tales fenómenos, podemos asumir la tarea ética definida por Foucault, esto es, la de desujetarnos de las fuerzas que intentan someter bíos a zoé.

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La pregunta acerca de si es posible algún modo de conexión entre intereses humanos (plurales y conflictivos) y los intereses de la actividad científico-técnica es una cuestión que no puede elucidarse sólo desde un punto de vista lógico-analítico. Tiene que ser planteada en el ámbito de los intereses emergentes de las prácticas sociales, en el diagnóstico crítico, la interrogación racional -y razonable-, y el debate de las representaciones que otorgan a la práctica científica (y los intereses que pueden determinarla), la capacidad para resolver problemas sin poner en cuestión sus procedimientos y resultados. En este ámbito, se plantean problemas de genuino interés para la vida de los hombres que no pueden ser desplazados recurriendo a la estrategia de la neutralidad de la investigación científica.

Referencias

1 Le Blanc, Guillaume. El pensamiento Foucault. Amorrortu Eds., Buenos Aires, 2008.
2 Foucault, Michel. Historia de la sexualidad. 1. La voluntad de saber. S. XXI Eds. 2002.
3 Rose, Nikolas. Políticas de la vida. UNIPE Ed., La Plata, Argentina, 2012.
4 Berlinguer, Giovanni, “Bioethics, health and inequality”,Lancet, vol. 364, nº 9.439, 2004.
5 Rose, Nikolas. “The politics of bioethics today”, ponencia presentada en la Conferencia de Biomedicalización, Conflictos Sociales y Nuevas Políticas en Bioética, Viena, 2002.
6 Puede consultarse de Foucault, al respecto, Omnes et singulatim, El Sujeto y el Poder, La Gubernamentalidad, Qué es la Crítica, Respuesta a la pregunta “¿Qué es la Ilustración?”

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